viernes, agosto 08, 2008



Toda la vida por delante

(En recuerdo de un nuevo aniversario de la primera bomba nuclear en Hiroshima)


Su abuela, la señora Matsumi, viuda de un famoso militar de la Armada Imperial, la había adorado desde el nacimiento cuando la recibió en sus manos ayudando a la hija en el parto, como había hecho su madre con ella y como desde siempre marcaban las tradiciones. Y mayor fue el amor cuando la adorada Kimíco falleció de aquella terrible enfermedad dejando a Atsuko con apenas diez años y tan solas a ambas.

Desde ese día fue esa nieta la principal motivación de su existencia. En ella de alguna manera su hija seguía viva, en ella le parecía volver a verla.

Corrían unos años muy difíciles. Pese al liderazgo del Emperador Hiroito, el espíritu militarista dominaba el Imperio. Las guerras permanentes con Rusia y China y luego la guerra con los americanos habían llenado el espíritu imperial japonés de honor y gloria pero desangrado al pueblo y sumido en un sin fin de dificultades la vida de los ciudadanos comunes.

El Capitán de la Marina Imperial Tadayoshi, su yerno, también de familia de militares, en esos convulsionados días pasaba muy poco tiempo en la casa.

Ella sabía bien que Tadayoshi la quería como a la madre que no tenía, también del inmenso amor que había profesado por su hija y la adoración sin límites por su nieta. El otro hijo de la pareja, su único nieto, Sasaki, fue a la guerra siendo poco más que un niño y jamás volvió del frente de Filipinas.

Esos días parecían interminables, si alguna alegría quería iluminar su casa hundida en grises, quedaba oculta por una sucesión de penas inmensas.

Morir por el Emperador era un honor, sin duda, pero el dolor lo siguen llevando los vivos y la pérdida del único hijo varón sumió a su yerno, que jamás se había repuesto de la muerte de la esposa, en una tristeza que lo consumía, convirtiéndolo en un hombre depresivo, apático, poco afecto a expresar sus sentimientos. Antes él no era así, ella bien lo sabía, estaba enfermo de dolor, necesitaba evadirse de ese suplicio.

Por eso no le llamó la atención cuando a poco de empezar el año 1944 – le parecía que había sido ayer y ya había pasado más de un año – aceptó de buen grado el ofrecimiento de sus superiores para ir a luchar al frente de Manchurria en el continente, para detener el avance de las tropas comunistas chinas. Era una misión suicida, todos los que se aprestaban a ir a esa zona de guerra sabían que casi seguro no volverían. Y así fue.

La última carta recibida de Tadayoshi venía fechada 19 de enero de 1945 y ya estaban en agosto. Hacía meses que no tenían ninguna noticia. Los permanentes bombardeos y avances del enemigo por el pacífico dificultaban los medios de comunicación y el envío de los correos. Quería negarlo, pero sentía, muy dentro, que él también había muerto.

En el mercado, en las calles, en los barrios, el pueblo comentaba que se estaba perdiendo la guerra, pero los discursos del Emperador lo desmentían, por el contrario, refería importantes derrotas ocasionadas a los enemigos del Imperio.

Dejando de lado estas angustias, este día era muy especial, era un 6 de agosto muy especial porque venía a visitar la casa Kaito Aruki (en realidad venía a visitar a Atsuko, su enamorada) . Tenía un permiso de pocos días antes de volver a la base naval, pero el tiempo que estuvieran juntos, por poco que fuera, para estos jóvenes seria inolvidable.

La novia no podía estar más hermosa, se había preparado para la ocasión con el mayor cuidado. Según le había escrito, Taito Aruki llegaría por la mañana - dependía del transporte que lograra conseguir desde el puerto de Nagoya para llegar a Hiroshima – pero ella sabía bien que de una u otra manera lograría llegar.

Pocos años atrás se habían comprometido en secreto – casi niños ambos – y por estas fechas ya pensaban en toda una vida juntos. Su padre Tadayoshi, que lo sospechaba, siempre mantuvo un silencio tolerante pues le tenía simpatía a ese jovencito que conocía de toda la vida, hijo menor de un compañero de armas, procedentes de una antigua y honorable familia japonesa. Y la abuela era una permanente cómplice, permitiendo secretos, miradas indiscretas, caricias casi imperceptibles, casi inexistentes, pero llamas de amor en esos corazones jóvenes.

Desde que enviaron a Taito Aruki a la base naval no se veían. En esos meses habían intercambiado telegramas y muchísimas cartas de amor. Tenían pensado un futuro sin guerras, sin dolor, pensaban en tener muchos hijos, incluso ya habían elegido los nombres para cada uno de ellos. Soñaban con una pequeña casa que tuviera un hermoso jardín donde retozarían sus retoños. Por eso, luego de tanto tiempo, de esa espera interminable para sus ansias se volverían a ver y la emoción estaba a flor de piel.

La señora Matsumi como buena abuela intentaba calmarla, le decía que estaba hermosa, que no tuviera tantos nervios, pero la jovencita dudaba de todo, de sus pinturas, de su peinado, de su ropa, del color de su joven y radiante piel. Lo esperaba ansiosa.

Una alerta de bombardeo les hizo pensar que no podrían verse ese día, pero los aviones enemigos pasaron sobre la ciudad con otro destino sin arrojar bombas. A los pocos minutos las sirenas callaron.

Matsumi le preguntó a su nieta donde pensaban ir y ella le explicó que saldrían caminando hacia la clínica del Dr. Shima y luego recorrerían el borde del rio Ota y desde el puente Aioi mirarían los barcos, el agua, los pájaros y pedirían a las divinidades por los que estaban tan lejos.

Era un día ideal para pasear, estaba despejado y hermoso, caminarían conversando de mil temas para recuperar todo el tiempo que habían perdido. Luego todo estaba previsto para volver a la casa y tomar un te con su ceremonial típico. Ella seria la encargada de la ceremonia.

El ruido de golpes en la puerta cortó la conversación, fueron nerviosas a ver quien llegaba y si, era Taito Aruki pidiendo disculpas por el retraso mientras inclinaba ceremoniosamente la cabeza hacia ambas. Lo había demorado un atasco por la alarma de bombardeo. Con muchísimo respeto pidió permiso a la señora Matsumi para salir un rato a caminar con su nieta. Ella, muy seria – por dentro encantada – le dijo que no demoraran demasiado, que los estaría esperando con todo preparado.

Atsuko dio un abrazo muy amoroso a su abuela, luego calzó sus zapatos y ya junto a su amado miraron la hora. "Señora Matsumi - dijo él – son las 08:10, volveremos en un par de horas, no preciso decir todo lo que agradezco su apoyo con nuestro amor."

Atsuko se sonrojó, bajó la cabeza, le dijo algo en voz baja y apretando su abanico dejo escapar una risita nerviosa. Está bien, está bien, respondió la vieja señora, vayan que sé que están deseando estar solos y tengan cuidado… acompañó esta última frase con un movimiento de ambas manos como empujándolos a salir.

Y no se hicieron esperar, salieron apurados a la avenida, con dirección al río. No utilizaron las bicicletas, querían estar juntos el mayor tiempo posible, disfrutar cada segundo.

La anciana señora los observaba alejarse desde la puerta de la casa familiar deseándoles desde lo más profundo del corazón un futuro más agradable del que a ella le había tocado en suerte. Venían a su cabeza las caras del yerno, de su hija, de su nieto desaparecido y esto recuerdos la entristecían, pero el ver estos jóvenes y pensar en toda la vida que tenían por delante le daba a la vieja señora ánimo para seguir viviendo pese a todo.

Taito Aruki le dijo a Atsuko: “Tenemos solo dos horas para estar juntos y fíjate, ya son las 8 y 15... hemos perdido cinco minutos y cinco minutos es muchísimo tiempo para todo lo que soñamos este momento” y tomándole la mano firmemente apuró el paso. Ella le recriminó esta acción porque la abuela aún los estaba mirando, pero no retiró la mano y comenzaron a caminar hacia el río. Taito Aruki dijo: "Cuando esta guerra termine podremos cumplir todos nuestros...


(El 6 de agosto de 1945, a las 08:16:43 horas explotó sobre Hiroshima la primer bomba atómica que utilizó el hombre contra el hombre. La seguiría la de Nagasaki y por suerte de momento no hemos tenido mas "logros" de ese tipo por parte del Homo Sapiens. ¿Sapiens?)


jueves, julio 10, 2008


El secreto



Lo sospechaba. Hacía tiempo lo sospechaba. Y lo perturbaba tanto que intentaba pensar en otra cosa.

Pero no podía evitar mucho tiempo el tema, volvía y volvía como obligándolo a tomar un postura definitiva.

Tenia que asumir las consecuencias de esta realidad, de alguna manera tenerse piedad a si mismo, no acusarse más, no culparse más, estaba claro que no era algo simple de entender.

En el grupo también lo sabían, por eso desde hacía tiempo lo habían relegado, de manera sutíl, pero lo habian relegado y esto cada día era más evidente. Nadie se podía hacer una idea del sufrimiento que esto le causaba.

Pero sufría interiormente e intentaba seguir su vida lo más normal posible.

La situación lo alejaba del grupo, se estaba convirtiendo en una lombríz solitaria.

Es que era muy dificil de asumirlo... ¡ella se sentía asi y no podía cambiar.

Tenía que asumirlo de una vez y encarar: ¡era heterosexual!.

sábado, noviembre 03, 2007

El Profesor Hoffman.



Con la paciencia y prolijidad que siempre lo caracterizaron, el Profesor Otto Hoffman procede a comprimir delicadamente el cuerpo del arácnido con la pequeña espátula de madera, toma la tercera pata del insecto con los dedos índice y medio y con un certero movimiento de su mano izquierda la desprende.


Hecho esto, con la misma espátula da un golpe firme en el vaso vacío produciendo un sonido agudo, quebrado, de poca resonancia y duración, pero suficiente para que la araña objeto de experimentación se alarme e intente movilizarse con las patas restantes.


El Profesor deja la recién desprendida junto a las dos anteriormente extraídas, delicadamente se arregla las gafas, mira su muñeca y en la libreta de apuntes escribe con perfecta caligrafía y excelente ortografía:

“Procedimiento 8º. (Hora 19:17): Continuando con la desmembración del elemento de estudio, confirmamos que persiste la relación causa-efecto al generar excitación sonora. Los evidentes reflejos de alerta y defensivos confirman y nos aseguran la persistencia de las vías aurículo-sensitivas en actividad.”


Hechas estas apreciaciones, pone el lápiz en el medio de la libreta, la cierra suavemente y la coloca en el borde izquierdo de la mesa de experimentación, junto al cenicero, entre la lámpara y los fósforos, a una distancia absolutamente equidistante de cada uno, no sin antes pasar varias veces la mano por la mesa para asegurarse de que la superficie esta limpia.


Absolutamente ensimismado en sus experimentos continua una a una quitando las patas, generando el ruido en el vaso y efectuando las anotaciones correspondientes, sin perder detalle. Al quitar la última pata, el sonido no genera movimientos en lo que queda del arácnido. Se ajusta nuevamente las gafas, su cara adquiere un aspecto de interés desusado para un hombre de su frialdad científica y vuelve a golpear el vaso.
Nuevamente los restos del insecto no se mueven. Repite esta secuencia varias veces y con cierto nerviosismo, mira su muñeca, toma la libreta y escribe con la conocida prolijidad, excelente ortografía y perfecta caligrafía:

Procedimiento final (Hora 15:08): Retirada que fue la última de las patas del arácnido, este no ha demostrado ninguna reacción defensiva a la excitación sonora, detalle que para confirmación definitiva fue repetida en seis ocasiones. Con lo que la hipótesis mencionada al inicio de la experimentación ha sido claramente confirmada una vez mas: la exéresis de las patas del arácnido producen una sordera definitiva en el insecto.”


Escrito esto, permaneció observando con indisimulado placer el resultado de su investigación, los codos apoyados en la mesa, las manos en los costados de su cara levantando levemente las gafas por las patillas. Desde la mesa, la única lámpara ilumina su cuerpo generando una larga sombra que recorre el suelo y se eleva por la pared contraria, sucia y descascarada. Unos instantes después, enciende un cigarrillo y deja escapar el humo lentamente, acariciando su libreta de apuntes, satisfecho. La sombra también fuma.


El silencio, principal compañero del estudio, transitoriamente perturbado por el tañir cascado del vaso, es quebrado violentamente por el ruido del plato de lata con la cena, que al pasar por el hueco de la reja pega en los barrotes y cae al piso. Esto ni siquiera inmuta al Profesor que sigue absorto en sus elucubraciones.


Pedro, el enfermero del turno de la noche miró brevemente al interno con una mezcla de indiferencia y desprecio, no detectó ninguna anomalía y siguió su ronda entonando suavemente el estribillo de un bolero clásico.

jueves, agosto 09, 2007

Cinco Juanes y un Morisco

(Historia del Medioevo)




Juan I el Obtuso gobernaba
cuando el año de Nuestro Señor de 1343 moría.

Su Alteza decidió ampliar sus poderes para abusar aún más de los súbditos por lo que decretó una extensión del ”Derecho de pernada” desde ese momento y en todo el territorio del reino a las casas de recogida de ancianos. Su Real estupidez y picardía dejó a Juan el Obtuso más confuso. Fue el único que disfrutó de esa clara demostración de poder que en realidad nunca utilizó. Solo se sentaba con la mirada perdida en el gran sillón del Reino, limpiándose de cuando en vez la baba que caía de la comisura de sus lábios.

Meses más tarde, por la molestia que le producía el bullicio de las fiestas y la imposibilidad de bailar que le causaba un defecto congénito de cadera, llegó a la conclusión que ningún súbdito debía disfrutar esos excesos. Prohibió entonces las fiestas y los bailes, convirtiéndose este en el más odiado de sus decretos.

Luego, asqueado de los frenéticos y sucios adoradores de la pasión y sus excesos atentatorios de los preceptos religiosos, impuso la vigilancia en todos los establos y pajares de su comarca en prevención de pecados de carne no bendecidos por la Iglesia.

Por los motivos expuestos toda la corte le comenzó a tomar cierta antipatía.

Juan II el Abusivo, su primo, asumió el trono al morir Juan el Obtuso atorado con una semilla de caléndula, que sus familiares y amigos íntimos inútilmente intentaron “hacer pasar” con dos tazas de te tibio con arsénico. Fue justamente Juan II el Abusivo - quien preparó la infusión que intentaba ser salvadora - quien llegó al poder luego de una serie de lamentables coincidencias ya que él era el octavo en la línea de sucesión, pero los tres primeros cayeron misteriosamente con caballos, cochero y carro en un pantano del que nunca fueron recuperados y a los pocos días de esta tragedia, el cuarto y quinto sucesor - padre e hijo - mientras estaban de cacería tuvieron otro raro accidente en el que – según declaró el boticario de la corte luego de las pericias en el sitio de los acontecimientos - “el hombre mayor se habría tropezado cayendo sobre el hijo clavándole involuntariamente la espada en forma mortal y este, al sentirse herido, dejó escapar la flecha que tensaba en ese momento yendo a impactar en el corazón de su padre”. Horrible drama familiar.

Y no se había repuesto la Corte de estos sinsabores cuando una rara enfermedad – al parecer por comidas en mal estado – segó la vida del sexto candidato en una comilona en la casa de Juan II el Abusivo. Por último, el séptimo candidato se auto exilió para dedicarse a una vida de recogimiento en un convento luego de una larga charla con Juan II. Quienes lo vieron partir juran que estaba presa de gran nerviosismo y llevaba varios arcones pesados en su carromato.

Pero la gente siempre habla.

Esta cadena de acontecimientos imprevistos dejó entonces el trono para Juan II el Abusivo quien lo aceptó de buena gana siendo una de sus primeras medidas de gobierno derogar el decreto abusivo sobre el derecho de pernada en los geriátricos ya que decía: “había sido un intolerable atentado contra las indefensas ancianas”. (Ellas en
realidad nunca se enteraron que había existido.)


Prestamente cambió la letra del decreto de la siguiente forma: “... a todos los conventos de monjas y retiros espirituales de las mismas”, picardía que a Juan el Abusivo, lo hizo aún mas lascivo.

Temido y respetado, murió de un paro cardiorrespiratorio con una inmensa sonrisa en su rostro, sobre una de las monjas más jóvenes del reino a poco de iniciado el año de Nuestro Señor de 1346, en el mismo momento que tenía su cuarto orgasmo. “La muerte se produjo por exceso de trabajo” informaba el Alguacil de corte. Nadie pudo retirar la sonrisa del cadáver. Fue sucedido en el trono por su hijo mayor, Juan III.

Juan III el Extrovertido - también muy temido - fue un caballero de armas tomar donde fuera, hábil guerrero que jamás conoció el miedo. Sus gritos de guerra eran realmente terroríficos y al escucharlos sus contrincantes quedaban paralizados, con la piel de gallina y en ocasiones llegaban a orinarse con solo sentir a lo lejos que Juan el Extrovertido se les venía. Impetuoso y poco criterioso, en uno de sus desplantes bélicos sin escuchar los consejos de sus Generales arremetió a los gritos con sus dos mil hombres bien montados y armados, contra los cincuenta mil moros que lo esperaban con profundo respeto por el valor y entereza que demostraba el enemigo, escondidos entre el follaje armados hasta los dientes.

Solo sobrevivieron unos pocos junto a Juan el Extrovertido, quienes llegaron a duras penas al reino perseguidos de cerca por los enfervorizados contrincantes. Por cierto, llegaron todos montados, pero a pie.


Juan el Extrovertido siguió en su trono, pero desde ese momento fue presa de una depresión muy severa. El pueblo paso a llamarlo Juan el Introvertido, y por fin, al infectarse una severa herida que tenía en la entrepierna, pendiendo su vida de un hilo, debieron cauterizarlo con un hierro caliente lo que generó una penosa amputación en dicha zona anatómica.

Agobiado por el dolor y la pena al desaparecer así su ímpetu varonil junto a la posibilidad de descendencia, abdicó del trono, retirandose a un convento gregoriano, donde sus otrora impresionantes gritos guerreros fueron deviniendo – con la ayuda y enseñanza de los monjes – en una melodiosa voz, llegando a ser el barítono mas codiciado del reino. Fue renombrado por sus seguidores como Juan el Castrato.

Por fin – triste fin para alguien como él – dada la brutal transformación de su voz y sus costumbres, Juan el Castrato fue recluido por la familia real en un colegio para principiantas, en calidad de interna permanente, muriendo en su celda de penitente a los 102 años con el nombre de Sor Maria de la Castración Divina. Hasta los 96 años cuentan se sentía su voz melodiosa saliendo por las gruesas rejas del monasterio.


Juan IV el Perspicaz, su sobrino y sucesor, había sido uno de los pocos que lo había incitado francamente a atacar a los moros contra las indicaciones de los Generales que nada sabían de política. Se sentían sus gritos dándole ánimo a su querido familiar: “¡Tu puedes tio!, ¡tu solo puedes con ellos tio!, lo que sucede es que estos no son mas que unos cobardes. ¡Ve al triunfo mi señor!

Era un amigo fiel y gran soporte. Tomó el mando cuando el Reino estaba rodeado por mas de cien mil moros llegados de allende los mares. Dentro de las murallas sobrevivían unos pocos defensores, lo mejor de las fuerzas había muerto en combate. Para peor las historias que contaban los sobrevivientes en relación al trato recibido al caer en manos de los moriscos había generado una oleada de pánico en la raleada tropa, bajando seriamente la moral. Juan el Perspicaz no dudó en encontrar la solución a sus problemas.

Tenía claro que los contrincantes no conocían el verdadero estado de sus defensas y mandó una bandera de armisticio – en realidad cinco banderas de armisticio, puesto que las primeras cuatro no volvieron como tampoco volvieron los cuatro emisarios que mandó. (Para ser históricamente precisos el cuarto emisario volvió, pero muerto y con la bandera blanca inserta en su ano). Decíamos entonces, a la quinta, el infeliz enviado volvió con tres representantes del Sultán, presa de pánico y con temblores permanentes.

Juan el Perspicaz había pedido voluntarios para ser empalados entre los moros que tenía detenidos desde hacía meses en las mazmorras. Como ninguno quiso o ninguno lo entendió – nunca se supo – los empaló sin más a todos en la entrada del portón principal de la fortificación. Tuvo especial cuidado de mostrar los despojos de sus compañeros a los emisarios del Sultán. También dejo sobre su escritorio un papel con el sello real donde – falsamente – aparecía la constancia de que llegaban mas de doscientos mil caballeros del reino vecino en cualquier momento. Por supuesto los emisarios robaron este papel. (Comenzaban los servicios de Inteligencia y Contrainteligencia).

Cuando el Sultán leyó lo escrito concluyó que no lo atacaban porque esperaban los refuerzos para desgraciarlo. Además que si no tuvieran tanta seguridad no hubiesen dado muerte a sus compatriotas. Entonces - pensó - no era cosa de dejarse engañar, o luchaba ahora dudando o buscaba otra salida mas segura.

En eso estaba cuando recibió la visita de otro emisario de Juan el Perspicaz con el ofrecimiento de páz y unión de fuerzas. Por única vez - de no aceptar le caería arriba con toda su furia – le brindaba varias doncellas del reino para que fueran sus esposas en el harem. (Bien sabia Juan el Perspicaz que a esos moretes les gustaban las mujeres gordas y sus mofletes y de estos especimenes tenía bastantes).

En un mismo magistral movimiento se sacó de arriba varios bodrios de la corte que por otra parte estaban encantadas de que alguien se interesara en ellas. Así, santas pascuas y todos felices. Con Juan el Perspicaz el reino convivió con los moros durante muchos años y la paz parecía haber llegado para quedarse a estas sufridas tierras, pero no sería asi, pues a la muerte del inteligente noble, producto de una caída ocasional desde lo mas alto de la torre del castillo, lo sucedió su hijo mayor, homónimo.

Juan V el Insaciable tenía todo lo que se podía desear para su tiempo, pero nunca le alcanzaba. Era el segundo al mando, pero no era suficiente. Todos pensaron que al morir su padre – él vio la caída y avisó a la guardia – por fin encontraría sosiego. Pero no, el reino era poco, precisaba otro. Se casó con la mayor de las hijas de la Condesa del Estrecho Corto pero no le fue suficiente. Luego se caso con la hija del medio de la Condesa y por fin con la mas chica. Tampoco le fue suficiente. Terminó por casarse con la propia Condesa quién le hacía honor al nombre de su Ducado lo que la mantuvo un tiempo junto a Juan el Insaciable, pero por fin tampoco le fue suficiente. Terminó su búsqueda cuando fue sorprendido por el marido de una morisca joven con la que estaba acabando pero no llegaba porque era insuficiente. Solo su Nobleza permitió esconder estas picardías y hacer desaparecer al moro y a la mora en cuestión.

Cuando todos pensaban que el susto lo corregiría, tampoco fue suficiente y pocos meses después lo encontraron con otra mora y con otra y con otra. Tanta mora por fin le dio diarrea y el encontronazo con los maridos le generó una costumbre insaciable. Juan V el Insaciable no se conformaba con las moras, ahora buscaba también los moros.

Los excesos generaron rispideces y para calmar los ánimos hizo matar cien vaquillonas, pero no le fue suficiente, por lo que mandó matar cien más. No quedó conforme, le parecía poco y mandó matar cien más y allí algo pasó porque desapareció y vinieron a encontrar su cadáver en una cañada del reino, donde había tragado casi toda el agua – según dijeron los ganaderos – ya que tenía una sed que parecía inacabable. (Al ser rescatado, por poco sobrevive, pero al llenar los pulmones el aire no le fue suficiente y murió ahogado. Genio y figura hasta la sepultura).

Al morir Juan V el Insaciable y con él esta casta de Juanes comenzaron nuevamente los problemas con el trono. Había tenido 38 hijos, porque nunca se sentía satisfecho con su descendencia. Esto traería mayores problemas pues varias moriscas habían tenido hijos de tez clara. Surgieron sospechas bien fundadas. El reino se convulsionó al grado de dudar de sus mas rancias tradiciones. Se sucedieron los asesinatos, las intrigas de corte, lo peor de esa sociedad corrupta salió a luz.

En el medio de esta vorágine uno de los maridos que sospechaba traición - llamado Mohamed Laden Sarcahui - decidió tomar venganza por propia mano.

Llamó a la guerra santa.

Ganó.

La religión a partir de ese momento fue musulmana, la ciudad cambio su nombre para Alambra y él fue entronizado Sultán.

Mohamed I el Reivindicador fue un hombre sabio, su estirpe gobernó por siglos.

Pero eso es otra historia.

sábado, marzo 24, 2007


El quinto miembro


Que lo miraba.
Él estaba convencido que lo miraba, que lo entendía.
Lo venía presintiendo desde mucho antes, y un día, al despertarse, lo pudo ver. Estaba mirándolo, mirándolo con cariño. No existía erección ninguna, simplemente estaba en alerta, vigilante, cuidándolo, y cuando estuvo seguro que él ya se había despertado, relajó la tensión, quedó flácido y descansó. Asi de grande era su nobleza.
El quinto miembro de Juan Andrés había tenido una pauta evolutiva totalmente fuera de los cánones aceptados por la ciencia moderna.
En su pequeña cabecita, sin lugar a dudas se notaba un crecimiento indoloro y sostenido de los costados, y pequeños granitos habían surgido a ambos lados de la linea media. Estos granitos, al pasar de los meses se profundizaron, luego un surco los dividió al medio y dos pequeños órganos visuales aparecieron en ese lugar tan extraño.
Parecía un lenguado, esos peces que van por los fondos marinos y tienen dos ojos del mismo lado. Tal cual.
Juan Andrés ya no tenía dudas de lo que estaba pasando. Seguramente se relacionaba con aquel brutal choque psicológico al despertarse en el Hospital de las Fuerzas Armadas. No recordaba con claridad lo sucedido. En su cabeza resonaba un ruido impresionante y veía resplandores, horribles resplandores. Luego se despertó y vio los tubos de neón del techo de su sala. Cuando entraron los doctores junto con su señora sollozando, él ya sospechaba cosas muy serias, porque cuando se había querido rascar la cara, al levantar el brazo no lo vió. Lo sentía, pero no lo veía. Lo mismo le pasaba con el otro brazo y con las piernas y al lograr levantar un poco la cabeza dificultósamente, apoyándose en sus hombros, había notado que nada abultaba en la cama por debajo de su pélvis. Sus peores sospechas se confirmaron cuando el Oficial Medico Jefe le dijo: "Soldado, lo que va a escuchar es muy duro, pero lo vamos a ayudar. Primero le diré lo bueno, lo positivo, lo casi increíble: ustéd esta vivo.
Es el único de su pelotón. Sus camaradas murieron. Un misil explotó muy cerca del grupo y los despedazó. Por eso es un milagro que ustéd este vivo. La mala es que tuvimos que amputar sus miembros para salvar su vida. La tecnología nos permitirá brindarle una vida casi normal, pero nesitamos su desición, su valentía, su empeño, ya que será un camino largo, sin ninguna duda, pero lo recorreremos juntos. ¿Lo ha comprendido? ¿Tiene alguna duda Soldado?.
Si, Juan Andrés tenía una duda enorme que le corroía las entrañas restantes. En medio de su inmenso dolor atinó a preguntar: "Doctor, y el... ya sabe... ¿también lo he perdido?" y al decir esto le rodó una lágrima por su mejilla. La respuesta le devolvió el alma al cuerpo. (En realidad ahora sobraba mucha alma): "Ese es otro milagro, Soldado, su miembro ha quedado completamente a salvo de la metralla, al igual que sus testículos. ¡Una bendición, Juan Andrés, una increíble bendición!".
La señora se secó las lágrimas y tuvo ciertos pensamientos eróticos sobre el asunto - que inmediatamente se encargó de hacer desaparecer - de todas formas, no pudo reprimir una sonrisa ante esta realidad, pero ninguno notó su reacción.
Varios meses después de estos acontetcimientos Juan Andrés comenzó a sentir esas sensaciones tan extrañas en su quinto miembro. De inicio creyó que estaba alucinando, quedando loco por el shock sufrido pero, como referíamos al inicio, luego pudo confirmar todo plenamente.
Una de las primeras acciones anormales fue aquel día en que la enfermera colocó el orinal entre los muñones de sus piernas y justo en el momento que iba a tomar el miembro para ponerlo adentro, sonó el teléfono.
Ella fue a atender y ante su asombro el quinto miembro se elevó despacio, golpeó dos o tres veces en los bordes del frasco - como haciendo las cosas a ciegas, buscando al tantéo - y por fin se metió y miccionó. No tuvo tiempo para reaccionar porque la enfermera había vuelto y estaba asombrada con su supuesta destreza: "¡Te felicito, Juan Andrés, te felicito! - gritaba eufórica - no se como lo hiciste, pero esto me demuestra las ganas que tienes de salir adelante, ¡excelente Juan!". Por supuesto el no dijo palabra de lo que había visto.
Tiempo después, ya con sus pequeños ojos en funcionamiento, no solamente jamás le erraba al hueco, sino que comenzó a demostrar otras especialidades realmente geniales. (Por cierto los lados del glande habían crecido al triple de su tamaño y su superficie presentaba irregularidades similares a circunvoluciones, como las que se podían ver en un cerebro en esas fotos que él miraba en las revistas médicas o los canales de televisión por cable).
Con el pasar de las semanas el cambio era notorio. Al parecér alcanzó el máximo de desarrollo posible - no solo en lo intelectual, sino tambien en lo corporal, lo que hizo aun mas enamoradiza a su señora - y de a poco lograron entender que entre ellos existía una comunicación interna, alto telepático, de mente a mente.
Comenzó así la increíble historia de amistad entre Juan Andrés y su quinto miembro.
Se complementaban.
Lograda ya una perfecta coordinación de sus movimientos y un aumento de sus fuerzas, el quinto miembro ayudaba a Juan a mantener el equilibrio en los difíciles ejercicios de recuperación, cuando probaba las prótesis cibernéticas proporcionadas por el Ministerio de Defensa.
Fueron comienzos muy difíciles, pero su inseparable amigo - inseparable en todos los sentidos - siempre estaba alli, atento a los falsos movimientos, elástico para aferrarse arrollándose a las barandas, ayudándolo a avanzar efectuando pequeños tirones hacia adelante y siempre con la cabecita elevada, como una pequeña viborita arbórea atenta a todo el entorno, intentando que nadie los descubriera.
Bueno, hay que confesar que una de las fisioterapeutas un día vio esa extraña configuración, pero antes que pudiese hacer nada, el quinto miembro trasmitió telepaticamente un plan estratégico de evasión a Juan. La dejaron acercarse y cuando ella sació su curiosidad confirmando que se trataba de una versión muy especial de un miembro viril masculino, el mutilado, desde su invalidez total la miró a los ojos y le dijo: "Se que soy un pedazo de hombre solamente... pero no por eso dejo de tener sentimientos... te encuentro atractiva, pero entiendo que me tengas asco... " - los espacios en sus parlamentos eran necesarios ya que tenía que sentir lo que el quinto miembro le iba trasmitiendo. Esta especie de declaración generó un efecto devastador en la mujer. El instinto protector femenino ante los desvalidos fue puesto al rojo vivo. Desde ese día no solo lo ayudaba profesionalmente de la mejor manera posible, sino que fue su cómplice, ocultando tan particular realidad al resto del personal. Asi, de a poco, le fue tomando inmenso cariño al quinto miembro, al verlo tan deseoso de ayudar, tan solidario, y este cariño la llevó a acariciarlo en ocasiones, como si fuera una mascota, pero no era una mascota y esto tuvo consecuencias, lujuriosas consecuencias.
Fueron tantas y tan explosivas las consecuencias - esa mujer era un hueso duro de roer y menos de satisfacer - que en ocasiones, el quinto miembro al verla llegar adoptaba una posición de alerta, quedando convertido en un pequeño maní, y solo se le veían los ojitos curiosos por debajo del prepucio. Ahora, eso si, jamás podrán negar que pasaron momentos maravillosos. El osado plan del quinto reveló una mente por demás inteligente y con un coeficiente mental impresionante.
A Juan le comenzó a preocupar que, siendo sangre de su sangre y carne de su carne, tuviese mayor inteligencia que él, era su mentalidad militar que afloraba: ¿y si se volvía hostíl?, como lo podría controlar si aún no dominaba las prótesis y estaba totalmente fuera del alcance de sus dientes, en el polo opuesto de su reducido cuerpo... pero de momento el quinto miembro no solo no era agresivo ni peligroso, sino por el contrario ya era alguien (¿o algo?) de quien no podía prescindir.
Sexualmente los cambios fueron espectaculares.
Cuando su señora se ponía mimosa - que luego de los acontecimientos que les estamos narrando fueron cada vez mas repetitivos - el quinto se transformaba. Los ojitos quedaban enrojecidos, el volumen de los hemisferios se triplicaba y para deleite de ambos (¿o de los tres?) la erección era impresionante, sostenida y duraba todo lo necesario.
Nunca había sentido cantar a su esposa, pero desde esos días ella cantaba y sonreía permanentemente, colmándolo de mimos.
Un momento dificil para ellos fue el que vino a suceder en medio de uno de los entrenamientos. Juan Andrés dificultósamente lograba sostenerse en las barras paralelas con las prótesis, haciendo equilibrio en sus piernas cibernéticas. En realidad se sostenía gracias al quinto miembro, que lo aseguraba arrollado en la lateral de las barras, mirándolo fijamente, presto a ayudarlo ante cualquier situación inesperada. Pero en esta ocasión fallaron todos los controles. Fue asi: ese día vino la suplente de la fisioterapeuta, una pelirroja descomunal que nunca habían visto, dotada de un cuerpo privilegiado, vestida con una pequeña túnica semitransparente y cortísima que apenas lograba contener todas esas curvas.
Por más mutilado que alguien se encuentre, solo estando totalmente muerto podría no tener una reacción ante ese monumento, porque hasta un moribundo en transición al infinito seguramente volvería a este valle de lágrimas ante tal estímulo.
La chica los saludó y caminando con una sensualidad impresionante dijo en voz alta: "¡Por Dios, que calor que hace, voy a prender el ventilador!" y dándoles la espalda se agachó a encender el aparatito, casi sin doblar las rodillas. Por eso los dos fallaron. Ninguno de los cerebros controló la erección, que fue inmediata y total. Al desenrollarse involuntariamente, se perdió el amarre y también el equilibrio. Fue una caída tan aparatosa entre las paralelas, que las prótesis de los brazos quedaron colgando de las maderas. Por suerte solo fue un susto. La muchacha nunca se enteró que fue la causante involuntaria de ese pequeño desastre y a ellos les sirvió para entenderse más, comprendieron que ambos tenían flancos débiles, que no eran - no podían ser - tan diferentes.
En otra ocasión Juan Andrés no soportaba la tensión e intentó dejar de hacer los ejercicios. Esto puso furioso al quinto miembro que le dijo violentamente: "¡No te me quedés!, ¡meta güevo carajo!".
Luego de estas apreciaciones surgidas al fuego del calor del momento, ambos se quedaron mirándose un rato, pensando. El quinto reaccionó primero: "Los compartimos - dijo - pero yo estoy mas cerca".
Y si, tenían mucho en común.
Meses después de la internación, ya el quinto miembro no precisaba estar tan atento a los movimientos de Juan Andrés, porque este ya dominaba bastante bien las prótesis, esto le daba tiempo para efectuar extraños pedidos, como aquel cuando solicitó un lápiz y papel - que todos pensaron eran para Juan, que probablemente intentaría escribir con la prótesis - pero no, eran para el quinto, quien primero con dificultad y luego con increíble soltura, se arrollaba en el lápiz y escribía.
Al parecer - y era lógico - todos los conocimientos que Juan tenía, tambien eran patrimonio de su miembro y en las noches, cuando su mujer dormía, este estudiaba bajo las sábanas todos los materiales posibles, incansablemente, a la luz de una pequeña linterna.
Cuando ambos descansaban, el quinto sacaba su cabecita por el costado de la cama y miraba atentamente la televisión, en especial interesándose por los programas de información general, política y científica.
Una noche no podía dormir de tantos movimientos que sentía entre los muñones de sus piernas, ya que el quinto garabateaba nuevamente en el papel esa serie de signos irreconocibles para él. Luego de una febríl actividad que duró hasta avanzada la madrugada, notó que aquel se quedó quieto varios minutos y luego comenzó a moverse enloquecido, pegándole en las nalgas, los muñones y la barriga.
Al preguntarle el motivo de tamaño alboroto, el quinto empujo el papel de apuntes y Juan pudo leer: "E=m.c2" y mas abajo garabateado: "El viejo Einstein tenía razón, ambos llegamos a las mismas conclusiones".
El quinto miembro lo había superado, ya era un genio.
Un período de angostia para Juan Andrés fue aquel en que lo descubrió - en realidad lo sintió - analizando su zona perianal. Fue tal su reacción que el quinto le dijo: "¡Tranquilo, tranquilo!, pura curiosidad nomás... que estás pensando... ¿estas loquito, estás?" . De todas formas, por algunos días, Juan durmió a los saltos, receloso.
Con motivo de las elecciones en el país lo notó enojado.
Le preguntó que le sucedía, pero no tuvo contestación, simplemente el quinto miembro se acortó y quedó quieto. Pero él lo conocía, sabía que estaba molesto. Un par de días después, al terminar de sentir el discurso de uno de los candidatos de los partidos tradicionales, lo sintió comentar francamente enojado, con odio, en un tono que no le conocía: "¡Estos son todos lo mismo!, partidarios del inmovilismo, portavoces de la reacción nacionál e internacional, esclavos del imperialismo, son palos en las ruedas de la historia!. Solo lograremos avanzar cuando los hagamos desaparecer de la faz de la tierra a ellos, a sus clases sociales y sus órganos de prensa parciales y falsos... ¡Poder para el que trabaja!, ¡Patria o Muerte!".
Estaba claro, confirmaba otra vez sus sospechas.
El quinto miembro además de un genio, era anarquista.
(Y digamos que un excelente dialéctico, ya que, al poco tiempo, Juan Andrés, un militar conservador, estaba protestando contra la guerra en Oriente Medio frente al monumento a Lincoln, junto a un grupo de veteranos.)
Lamentáblemente el epílogo de esta historia es triste, aunque era posible sospecharlo. Ese descomunal y acelerado crecimiento, esa transformación tan especial tenía que tener sus consecuencias. Y las tuvo.
Algunos años después, ya con toda la relación interpersonal consolidada entre el quinto y Juan Andrés, comenzaron a aparecer los primeros síntomas de la psicosis mesiánica que aquel estaba desarrollando.
Día con día profundizaba sus estudios macroeconómicos, seguía con atención las variaciones de las Bolsas de Valores a nivel internacional, se enteraba entrando en Internet de los últimos desarrollos bélicos, costos, transacciones interestatales, importaciones, exportaciones, traslados, tecnologia de avanzada, etc. etc.
Desconfiaba de todo y por momentos parecía que tambien de Juan, que se sentía preso en un callejón sin salida porque ¿ como podía alejarse del quinto ?... no podía.
Tal fue su desesperación ante la insanía mental que avanzaba y crecía en su inseparable - literalmente - compañero, que por un momento se le pasó por la cabeza la extirpación. Total, pensó, ya había perdido sus otros cuatro miembros, sería una solución límite para un problema que se le escabapa de las manos. (De las prótesis.)
Pero fue pensar en eso y sentir al instante algo que le oprimía el ano.
Era el quinto, que siempre apretando su periné, con los ojos rojos e inflamados sus hemisferios le dijo: "Te animarías, traidór, ¿entendés lo que te puede pasar?, y apretando mas el borde del ano le repitió: ¡Lo entendés!... bueno, de vos depende lo que pase".
Juan Andrés nunca mas volvió a barajar esa posibilidad.
El colmo de la locura fue esa noche cuando en medio del silencio - ya que su relación de pareja estaba sumamente deteriorada y no existía prácticamente dálogo entre ellos - ante muchísimas elucubraciones de su quinto miembro, Juan Andrés se atrevió a preguntarle
que estaba tramando para el día de mañana, y la

respuesta lo dejó aún mas angustiado, ya que, copiando la voz de un personaje de una conocida tira de dibujos animados que veían en la televisión, le contestó:
"¿Mañana, Pinky?, ¡mañana conquistaremos el mundo!".

jueves, noviembre 16, 2006

Posted by Picasa El Tai Chi y el racismo


Hermosa mañana.

Levemente fresca para estar con el equipo de Tai Chi frente a la costa del río, pero tolerable.

Además, a poco de comenzar los ejercicios, la concentración total que se adquiere hace que uno extrapole las sensaciones mas mundanas y pase a una etapa más profunda y etérea.

Él era el tercero que llegaba a la reunión cotidiana. A lo lejos venían acercándose otros cinco compañeros, y por las escaleras del club de Pesca que les permitía hacer los ejercicios en sus instalaciones, bajaban el profesor junto con otros dos alumnos, seguidos a corta distancia por el anciano Sensei de la Academia, Maestro de su Maestro, que ni siquiera hablaba español.

El sol asomaba por el este, enrojeciendo el horizonte. Ese día el río estaba calmo, como un espejo. Estas son las cosas que hacen valer la pena, cada mañana, superar ese deseo de quedarse calentito en la cama, y tener la constancia de levantarse, darse un baño de purificación - que así lo encara esta filosofía, no es cualquier duchazo - y luego vestirse especialmente para ir a la reunión, cuando todavía no amanece. Por eso, ver ese disco amarillo-anaranjado surgir del agua y elevarse... compensaba todo.

Era extraño, pero él estaba en ese grupo por indicaciones de su psicoterapeuta, ya que sufría de una paranoia obsesiva contra toda la raza "amarilla", por culpa de la educación e influencia de su padre. Era un rechazo visceral, muy difícil de gobernar. Pero gracias al Tai Chi lo estaba logrando.

Su padre tenía motivos para ser como era. Veterano combatiente de la segunda guerra mundial, había sufrido mucho en los enfrentamientos con los japoneses, cuando era un muchacho jovencito, casi un niño, y hacia el fin de la guerra cayó prisionero de las fuerzas imperiales siendo sometido a tantos maltratos que quedó con secuelas, no solo psíquicas, sino también físicas. La falta de movilidad completa de uno de sus brazos era una prueba de los apremios. Luego dos bombas atómicas terminaron la guerra y los prisioneros fueron rescatados, pero todos los ex-combatientes quedaron con distintos daños.

El padre les tenía un odio impresionante, que no disminuyó pese a los esfuerzos del equipo de psicólogos del Hospital de Veteranos de las FFAA de los EEUU. Por eso, con el correr de los años, en la convivencia normal con su hijo, le trasmitió a este - seguramente sin intención - ese rechazo patológico.

Él buscaba quitarse ese prejuicio racista adquirido pasivamente, y seguía al pie de la letra las indicaciones de su psicoterapeuta. Una de ellas era profundizar en las costumbres de esas lejanas tierras, "conocerlos" mas, para descubrir por fin la otra cara, la que a él le ocultaron, de esas civilizaciones, desactivando así ese rechazo trasmitido por su padre. Por eso ingresó a la escuela de Tai Chi.

Pues bien, esa mañana cada alumno rutinariamente ocupó su espacio preferido. A él le gustaba el círculo externo de la pequeña explanada, en el borde donde comenzaba el césped, a medio camino entre los árboles y la orilla.

Comenzaron a efectuar la rutina de relajación y estiramiento.

El Profesor hizo la señal de comienzo y todos correspondieron.

Primero suaves ejercicios para calentar los músculos y pocos minutos después ya estaban prontos para la serie del día.La iniciaron con una postura "de grulla" a la que se llega - según las reglas de esta especialidad - con movimientos muy pausados y gran concentración mental, una especie de "cámara lenta" para quien esta observando las secuencias.

Aplicó toda la gravedad de su cuerpo en la planta del pie izquierdo, luego curvó ligeramente la rodilla del mismo lado y elevó lentamente la pierna derecha, mientras subía los brazos y mantenía hiperextendida la cabeza.

Era hermoso ver de lejos la clase, ya que los movimientos perfectamente coordinados del grupo generaban imágenes interesantes y trasmisoras de una extraña sensación de paz interior.

Él ya venía notando un cambio en su actitud para los nipones y estaba seguro que era porque los estaba comprendiendo, no todo era como se lo habían dicho.

En el momento que había adoptado la posición de máximo estiramiento, fue que vio con el rabillo del ojo una mancha marrón que apareció de entre el pasto del borde de la explanada, y a gran velocidad desapareció de su alcance visual cerca de su pie de apoyo.

De inicio no pudo determinar de que pequeño bichito se trataba, ya que la visión lateral no definía colores, solo alertaba por el movimiento. "Quizás una cucaracha voladora - razonó - hay muchas en la zona".

Todos estos pensamientos los efectuó en base a la información lograda por el rabillo del ojo, sin dejar de seguir las secuencias que el ejercicio indicaba. Sabía que pronto quedaría mirando hacia abajo, siempre manteniendo el equilibrio con su pie izquierdo y asi si podría ver.

Cuando llegó a esta posición, pudo definir la mancha junto al borde de su pié. No era una cucaracha, era una maldita araña de mediano tamaño, ¡justo a él que le tenía fobia a los arácnidos!, y el bicho parecía que lo sabía, porque cuando la pudo visualizar correctamente, con un movimiento rápido se le metió por debajo del pantalón.

Sentía perfectamente las patas frías subiendo y enredándose con los pelos de su pantorrilla izquierda. Logró controlarse. Lo tomo como una prueba que Dios le ponía para ver cuan importantes habían sido sus avances de concentración e inserción en el Yo Total.

Estaba sereno, las enseñanzas de los Sensei estaban dando resultado. Se sentía agradecido hacia ellos.Todo el tiempo siguió los ejercicios imperturbable, mientras sentía como el bichito le caminaba por el hueco de la rodilla y se detenía a medio camino de su muslo posterior. Allí quedo quietita.

Él continuó los movimientos pausados, sostenidos, y lentos, pensando: "¡Por fin se queda quieta esta miserable hija de puta". Quizás tuviesen algún tipo de comunicación, porque fue terminar la puteada y el arácnido comenzó una carrera loca hacia la pelvis, pasando entre las piernas, deslizándose por la nalga derecha hacia adelante y deteniéndose en las bolsas, quieta entre el protector testicular y el pantalón del equipo.

Allí él comenzó a sudar, pero logró - casi - mantenerse concentrado, aunque la mitad de su cerebro prestaba atención al ejercicio y la otra tenía las alarmas en rojo, lo que le generó una hipersensibilidad impresionante. Cada patita que movía la araña, él la sentía como una pisada de elefante.Por la combinación del ejercicio y los nervios, traspiraba copiosamente. Varias gotas de sudor - él las sentía perfectamente, tal el estado de sobre excitación que tenía - comenzaron a juntarse por debajo del ombligo y luego emprendieron descenso hacia la pelvis. Deben haber mojado o pasado cerca de la intrusa, porque esta siguió su ascenso por debajo del cinto y luego de generarle unas cosquillas impresionantes al recorrer en forma alocada su barriga - quizás escapándose de los torrentes de transpiración que aumentaban - terminó momentáneamente alojada en su ombligo, ya que los quilitos de más que tenía le daban al huequito una profundidad muy aceptable para una araña mediana, no muy desarrollada.

Podía sentirla acomodada en su ombligo, pero pese a todo logró controlarse y seguir imperturbable con el ejercicio. - "¿Y todavía pensás hacer nido en mi ombligo?...¡la reputísima madre que te parió, bicho de mierda!" - pensaba sin dejar entrever en sus facciones ningún tipo de sentimientos que no fueran de placer y serenidad.

Consumada la posición de grulla, retomaron los movimientos inversos hasta que llegó a tocar el piso con el pie derecho, descansando. Allí su primer impulso fue salir a los gritos sacándose la ropa, desalojar la maldita cabrona del ombligo y pisarla unas cuarenta veces para sacarse la calentura.

Pero no.

Eso estaba en contra de la filosofía de respeto a todo tipo de vida que trataba de aceptar, algo básico en esas civilizaciones y que además elevaría su nivel conciente y astral. Borró de su cabeza dicho impulso. Pensó: "Estos japoneses están haciendo un excelente trabajo conmigo".

Se dispuso a comenzar el segundo ejercicio, en búsqueda de la paz interior y en el momento que arqueaba su cuerpo y elevaba los brazos, sintió como la condenada polizona retomaba su carrera loca en dirección ascendente, pasando por sobre su tetilla derecha generándole una picazón casi insoportable, subiendo por el brazo hasta el codo.

Estudiando esos movimientos, ya había calculado que en cuanto la bicha llegara a su muñeca derecha, con un sacudón brusco la tiraba al pasto, pero la condenada volvió sobre sus pasos - siempre con carreras alocadas haciéndole cosquillas con sus patitas frías - y pasando sobre la axila empapada siguió por el cuello y quedo quieta sobre la cinta anti-sudor que tenía en su frente. Ya no la sentía sobre su piel.

Comenzó a relajarse, y se sintió muy feliz, porque, pese al sufrimiento, él logró hacerlo, logró mantener la calma ante todas las carreras de la araña, logró superar el miedo que le tenía a esos bichos y la ansiedad que le producía pensar en la posibilidad de que lo picara, logró controlar los reflejos y las ganas de rascarse, logró continuar inmutable los ejercicios. Por fin logró manejar su fobia - que no es poca cosa, ni fácil de lograr - y sentir que había dado un inmenso salto hacia adelante en su relación con el Todo, dejando de ver a los de tez amarilla con ese odio heredado, sentimiento irracional que tanto le molestaba.

Eso si, no logró ver el manaso que le pegó el alumno que tenía a su derecha al ver la araña en su cabeza. El otro animal no controló ninguno de sus reflejos y del golpe lo dejó casi inconsciente en el piso.

Increiblemente, mientras trataba de no desmayarse alcanzó a ver que la patona había evitado el ataque y se perdía velozmente entre el pasto.

Sentía que la cabeza le daba vueltas y todavía tenía que aguantar al otro imbécil pidiéndole disculpas, explicándole que era muy nervioso, y que cuando vio esa bruta araña no pensó en otra cosa que matarla y que por eso le pegó semejante golpe y que no sabia como lo sentía, que por favor lo disculpara, que... Pero ya ni lo escuchaba.

El Profesor le puso una bolsa de hielo en el chichón que comenzaba a aparecer en su costado y dolía una barbaridad. Aprovechando entonces que lo tenía cerca y estaban solos, le contó lo sucedido con lujo de detalles hasta que el otro bestia le reventó la cabeza de un piñazo.El Profesor quedó muy serio, luego dio un paso atrás y ceremoniosamente, juntando las manos, le hizo una reverencia. Comentó algo en japonés con el anciano instructor, su propio Sensei, quien inmediatamente hizo los mismos gestos de respeto hacia él, y pronunció una larga e inentendible perorata en su idioma natal.

Aquí el más joven le tradujo que el anciano había dicho que "el respeto a un ser vivo, cualquiera sea, aún a costa de su propia seguridad, le estaba demostrando - en ese juego divino que solo los iniciados pueden entender - que su nivel espiritual se había elevado muchísimo y eso era motivo de gozo, por lo que lo celebraban respetuosamente".

Pese al rechazo a los "amarillos" mamado desde la cuna, estas actitudes de los instructores lo llenaron de orgullo, y valoró que tenía razón su psicoterapeuta, ya que estaba superando sus traumas y recelos y comenzaba a sentir un respeto especial por esas antiquísimas civilizaciones y sus costumbres ancestrales, sugerentes de una inteligencia más allá de los milenios.

Como broche de oro, el Sensei lo invitó a acercarse a su auto, de donde el anciano japonés sacó una caja pequeña de madera tallada
- típicamente oriental - donde tenía unas copitas de fina cerámica, las que llenó con un líquido transparente servido de una botella pequeña, de forma cúbica y delicadamente decorada.

El instructor explicó que el anciano quería festejar esa elevación de su nivel espiritual brindando con sake, que esa era la bebida que tenía la botellita extraña. Era un honor muy especial, pocas veces brindado a los alumnos.

Un poco ruborizado por tanto elogio y luego de sendas reverencias tomaron de un solo trago el contenido de los pequeños cuencos. Era un líquido fuerte, que sintió claramente al bajar por su esófago y cuando comenzó a calentar su estómago. Nunca lo había tomado. Le explicaron que el sake era alcohol de arroz, típica bebida japonesa.

Mientras agradecía por la especial atención que habían tenido con él, sintió que se mareaba.

Despertó a los tres días, en la sala de terapia intensiva donde estaba internado por un edema de glotis fulminante que casi lo asfixia hasta la muerte, pero del que lo habían logrado recuperar.

Allí vino a enterarse que había sufrido un shock anafiláctico pues era sumamente alérgico al alcohol de arroz. El desconocía eso, pero intuía que esos amarillos seguramente lo sabían.

No podía hablar por la cánula del respirador artificial que tenía metida en la tráquea, pero allí si supo que no era en vano su oculto odio a esos miserables nipones y sus costumbres traicioneras.

¡Como pudo confiar en esos ojos rasgados!

.¡¡¡Como pudo olvidarse de Pearl Harbor!!!.
Posted by Picasa El Imperio del Sol Naciente. Pasión y lógica.



Nakumi Sato siempre se destacó entre todos sus compañeros desde la mas tierna infancia.

Sus padres fueron muy afortunados ya que su hijo nunca precisó de incentivos para avanzar en sus estudios, su vocación lo llevaba de la mano y ella lo ponía al servicio del Emperador, de sus costumbres, de sus ancestros.

Asi, a la temprana edad de 25 años ya era un Ingeniero Aeronáutico titulado, con especializaciones en Radiofonía inalambrica, Diseño Aerodinámico y Manejo de polímeros. Estas éspecializaciones las había efectuado en los EEUU, Universidad de Minessota, haciendo usufructo de una beca de intercambio estudiantil. La guerra no había comenzado.
Culminando su carrera militar a los 27 años, se convertía en un flamante Oficial de la Fuerza Aerea Imperial.

Luego Pearl Harbor. Japón entra en guerra. Fue una puñalada al corazón americano.

Inmediatamente se presentó voluntario para los mas osados destinos bélicos, siendo destinado al escuadron de kamikazes, cuerpo de élite suicida, presto a inmolarse por su Emperador.

Siempre meticuloso y detallista hasta extremos casi paranoicos, cuando le fue asignado su avión monoplaza de asalto, discutió con varios superiores hasta lograr - por sus impresionantes antecedentes en la foja personal - que le permitieran darle un toque personal.

No quiso que nadie lo ayudara. Magistralmente y respetando las leyes del camuflaje, decoró su Zero con una mezcla de colores geniales y en los costados pintó su nombre y rango en su idioma natal, con gran destaque. El trabajo fue excelente y digno de elogios hasta de sus más connotados contrincantes. (Por envidia, en su mayoría.)

Muchos decían que era tan llamativo que lo iban a derribar rápidamente, pero él contestaba orgulloso que: "Si asi tiene que suceder, sucederá. Moriré entonces lleno de gloria en honor al Emperador y además demostraré a los odiados enemigos americanos que los Oficiales Japoneses desconocen el miedo y se burlan de ellos".

El mantenimiento del motor de su máquina voladora lo efectuaba con los mecánicos de mayor confianza y siempre bajo su estricto contról, logrando asi que su aparato tuviese mayor rendimiento y poder que la mayoría de los otros de su misma serie.

En ocasiones se quedaba solo, trabajando hasta altas horas de la madrugada, enfrascado en solucionar hasta los problemas mas insignificantes. (Todos comentaban que el hombre se estaba quedando loco.)

La despedida desde el aeropuerto de Okinawa fue sumamente emotiva, desgarradora, digamos. El escuadrón se elevó hacia su destino con órdenes secretas. Jamás volverían a verlos. Paradojalmente los últimos momentos de Nakumi en esa misión se pudieron conocer gracias al trabajo de uno de sus enemigos y por pura casualidad.

John Smith Peerson, Sargento Primero de Infantería, antes de ser reclutado por el ejército, era camarógrafo profesional. Logró - no sin esfuerzos - que la superioridad le permitiera llevar su cámara para efectuar tomas especiales en la zona de guerra, que posteriormente serían estudiadas por los servicios de Inteligencia y quiso el destino que se encontrara en cubierta del porta-aviones USS Okahoma Enterprise tomando imágenes del convoy que los trasladaba desde las costas de Nueva Zelandia hacia aguas territoriales filipinas, cuando se produjo el ataque de los aviones japoneses.

Por cierto el USS Oklahoma Enterprise fue hundido en esa acción y John Smith milagrosamente rescatado de las turbulentas aguas, herido, pero vivo. Por fin, John Smith Peerson murió en el desembarco de Guam, acribillado por el fuego enemigo. Logró la Medalla Póstuma al Honor ya que encontraron su cuerpo cubriendo la cámara y el material periodistico que había logrado, en una demostración de profesionalismo admirable.

Al cabo de unos meses, sus efectos personales fueron entregados a sus familiares. Entre prendas, escritos, su arma de reglamento y otras pertenencias, apareció un extraño baúl pequeño, al parecer una artesanía japonesa que el finado John cargaba como recuerdo para traer a casa cuando la pesadilla de la guerra terminara.

La madre, llorando desconsoladamente, apretó con mucha ternura la cajita contra su cuerpo y por pura casualidad oprimió una pieza que produjo la apertura de un cajón secreto, desapercibido incluso para los Servicios de Seguridad del Ejercito. Alli, ocultas y prolijamente guardadas en sobres de plomo habían varias películas sin revelar.

Inmediatamente contactaron amigos de su finado hijo, a quienes encargaron revelar el extraño material. Descubrieron que John tuvo el arrojo profesional de mantenerse firme en cubierta filmando el ataque implacable de los nipones. Le había prestado mayor atención a uno de los aviones, el que parecía comandar el escuadrón, atraida quizás su atención por la pintura especial y las escrituras - ilegibles - en sus costados. Sobre este avión llovía la metralla del USS Oklahoma Enterprise.

La película muestra cuando el avión explota e impacta como una bola de fuego en la cubierta del barco de guerra. En otra de las cintas reveladas aparecen tomas efectuadas al parecer luego de ser rescatado, donde se puede ver la proa de un bote salvavidas meciéndose violentamente en un mar embravecido, el hundimiento del inmenso porta aviones, una panorámica del cielo en los alrededores de la zona de guerra y una toma del resto del convoy que parece no haber recibido mayores daños. Luego se corta la filmación.

El materiál quedó como un tesoro familiar y rindió bastantes dólares - bussines are bussines - cuando le vendieron los derechos, con la autorización del Departamento de Estado, a Selecciones del Riders Digest.

Veinte años después, John Smith Junior, hijo del soldado muerto en acción, especialista en el manejo de imágenes por computadora, procesó digitalmente las viejas películas en medio de un trabajo de investigación para su Universidad, llamándole la atención que en una de las amplificaciones de las escenas del ataque, el avión mas destacado al parecer no tenía la cabina, ni el asiento, ni el piloto, cosa extraña para un aparato manejado por un suicida. Y ahora se podía leer claramente algo escrito en japonés en sus costados.

Decidió investigar más, y buscando en documentos ya desclasificados, se enteró que en esa acción solamente el USS Okahoma Enterprise había sido hundido - todas las demás naves habían regresado a sus bases - y también de que ese era el más viejo de los porta aviones de la armada americana en ese momento, y que lo habían puesto en acción apresuradamente, ya que habia sido dado de baja por antigüedad meses antes y estaba anclado en puerto neozelandes esperando su traslado para el desguace, cuando misteriosamente entró en servicio nuevamente. Por cierto en el informe tambien se dejaba constancia que las pérdidas japonesas en esa acción fueron totales tanto en barcos como en aviones.

Surgieron muchas interrogantes en su cabeza, pero la que más lo intrigaba era la del avion sin cabina ni piloto. Un amigo de estudios, de origen japonés, le comentó que alli estaba escrito "Oficial de la Fuerza Aerea Imperial, Nakumi Sato". Sabian entonces ahora, el nombre del piloto desaparecido.

Copado por la curiosidad, procesó digitalmente grandes trozos de película y amplificó las imágenes más de cien veces con un programa de última generación, respaldandose con integrantes del staff del Intituto Técnico de Massachusets en Sylicon Valley. Para sorpresa de todos, la computadora fue formando una imagen de excelente calidad, en la que se ve cláramente que en la cabina vacía, el timón del avión se mueve como manejado por un fantasma, guiando la nave a su último destino. Esto era algo desconcertante, inentendible.

En otra de las cintas reveladas llamó la atención del grupo una pequeñísima imagen que se visualizaba muy lejos, apenas distinguible entre el humo que flotaba sobre la zona de guerra. La escena estaba en la panorámica tomada por John desde el bote salvavidas. Aplicaron la máxima amplificación que podían obtener y lo que vieron los dejó estupefactos: Era un piloto japonés planeando en una especie de miniparacaídas de forma rectangular - impensada para esa época - manejando con sus manos una caja donde se veía claramente una antena y dos pequeños controles como los de los juegos de video actuales. La cara del joven piloto se apreciaba con total claridad, y un poco mas lejos, las amplificaciones mostraron una lancha de rescate de la marina de los EEUU con sus marineros mirando atentamente hacia el paracaidista, en actitud de espera.

Eran demasiados interrogantes y los vino a desentrañar quien menos esperaban, el más chico de la familia.John Smith Peerson III, nieto del marino muerto en acción, de 14 años, jugando en Internet y curioseando con el nombre japonés que tanto escuchaba en esos días, puso en uno de los buscadores más importantes las palabras "Nakumi" y "Sato". Esta última no aportó datos, pero "Nakumi" si, y para sorpresa de todos, al acceder a la página Web de "Nakumi Enterprises Electronic Robotic System" complejo industrial de robótica y controles remotos, instalado cerca de cabo Kennedy, apareció la foto de un Nakumi anciano, sonriente, ahora con apellido Long, Gerente General de dicha empresa.

En dicha página Web, entrando en "Los inicios", se aprecia una foto de los años cincuentas, donde un joven Nakumi esta junto a quienes parecen ser los integrantes de su familia, todos sonriendo a la cámara, con la estatua de la Libertad a sus espaldas. Figuran como ciudadanos naturalizados norteamericanos desde 1951.

La C.I.A. sabía lo que hacía.

Nakumi tambien.
Posted by Picasa El extraño caso del hombre cangrejo
(Sobre la estupidez humana)


Practicó incansablemente durante ocho años las doctrinas brahmánicas, yoga shidarta, concentración mental, autovaloración y auto hipnosis, sanación pránica y cuantas técnicas le permitiesen llegar a su objetivo, el objetivo de su vida: figurar en el libro.

Gastó más de lo que ganaba en la oficina haciendo cursos de gimnasia con especial énfasis en el elongamiento de los ligamentos y dominio total de la musculatura, así como de las articulaciones en todo su cuerpo y tuvo un control absoluto de sus niveles de dolor.

Logró, a base de muchísimos sacrificios y gran concentración, curvarse cada vez más hacia delante, más y más y más hacia delante, hasta que su espalda casi formaba un círculo perfecto. Sus piernas separadas con las rodillas flexionadas, le permitían mejor manejo del equilibrio y los brazos elevados como si quisiera iniciar el vuelo terminaban de asegurar un control total de su posición.

Todos los años de estudio y ejercicio estaban coronados con el éxito: logró llegar con la cara a su propio pene y estar en condiciones físicas de efectuarse una fellatio.¡Por fin estaría mencionado en el libro de sus sueños!

Buscó el número telefónico que había guardado celosamente tanto tiempo y emocionado llamó para contar su hazaña. Del otro lado lacónicamente le dijeron que mandara una foto o un video de su récord y que lo evaluarían.

Decidió mandar un video, por entenderlo más profesional e impactante, preparó la iluminación con las lámparas de su casa, pidió prestada la videocámara a un amigo, colocó una sábana azul de fondo, arrimó todos los muebles del comedor a la pared y puso en el piso la alfombra del recibidor. Ya pronto el escenario, calculó el ángulo de la toma, revisó la videocasete y apretó “RECORD”.

Por motivos de marqueting hizo una serie de aspavientos, buscando crear el clima, luego adoptó su postura, y la autofellatio quedó registrada para la posteridad.A los pocos minutos estaba en el correo mandando el material al Guinnes de los records.

Ya nuevamente en su casa pensó en enviar una foto a sus familiares, pues de aquí en más seria famoso. Preparó su cámara, le puso el disparador de tiempo y rápidamente adoptó la posición, pues el sistema permitía unos pocos segundos antes de la toma automática, y esa fue la equivocación, alli esta el detalle... ¡adoptó la posición muy rápido!, algo hizo ruido en su espalda y no pudo recuperar su posición normal.

Desesperado se fue arrastrando hacia el teléfono en el otro cuarto. Sus piernas y brazos estirados no le permitían pasar por la puerta con facilidad, así que tuvo que aprender a caminar de costado. A los tirones lo hizo caer al piso, luego con los dientes lo descolgó y con la nariz marcó el número de la ambulancia. Contó lo sucedido y salió al patio a esperar su salvación.

Cuando pasaba de lado por la puerta del apartamento hacia el pasillo, la vecina de junto lo vio salir y esa especie de cangrejo superdesarrollado, desnudo y con “eso” colgando en el medio fue mucha impresión para ella, se desmayó "al toque".

Ante lo sucedido, con gran sacrificio volvió a entrar a su casa para traerle – si podía - un vaso de agua y explicarle lo sucedido y en ese preciso momento llegaron apurados los camilleros, vieron a la mujer tirada en el piso, la auscultaron, uno de ellos dijo: "¡Aun respira!" , la pusieron rápìdamente en la camilla y se fueron.

Alcanzó a ver cerrarse la puerta del ascensor, pero no pudo gritar que él era el enfermo porque la postura no se lo permitía. Le faltaba el aire con tanto movimiento asi que, resignado, pacientemente volvió a ir hacia el teléfono. (Ya comenzaba a dominar los movimientos laterales.)

Al mes de estos acontecimientos llegó una carta del libro Guinnes de los records donde le decían que el video no era ninguna novedad, ya que un “santón” hindú había hecho lo que él mostraba unos cuarenta años atrás delante de tres mil fieles y además había batido el record de autofelatios en una hora. (Cosas especialísimas de esas extrañas religiones del tercer mundo semisalvaje.) Ahora aprovechaban esta comunicación para hacerle saber que ese record no había sido superado, por lo que lo invitaban a competir sanamente.

Intentó limpiarse el culo con el papel pero le resultaba difícil restregárselo sin perder el equilibrio, así que desistió. Su deseo de estar en el libro se había convertido en odio visceral, culpaba a esos tipos del Guinnes de su situación.

Los dictámenes médicos fueron terminantes:“ (...) por lo que se constata una impresionante y no habitual multiruptura de discos intervertebrales que han generado sinequias en toda la columna vertebral que... (...) " en buen romance, decía que se iba a quedar así para siempre.

Cuentan que llegó a convertirse en la estrella del circo “Amos de América”, comparsa con extraños participantes que se presentaba en todos los pueblos, villas y caseríos de la frontera del país, haciendo las delicias de niños y adultos.

El “Hombre cangrejo”, era la estrella indiscutida.

La parte destacada de su acto y que más gustaba era cuando, luego de entrar al escenario caminando de lado, con brazos y piernas extendidas y el cuerpo convertido en un círculo tal que dejaba la cara mirando sus genitales - cosa que ya de por si generaba múltiples exclamaciones de asombro - acercaba un recipiente, con la boca tomaba su miembro y procedía a miccionar ante los desmayos de algunas mujeres y los aplausos enfervorizados del público.

Cumplida esta acción fisiológica con perfecto autocontrol, llegaba el broche de oro: con movimientos fuertes y basculantes de su cabeza sacudía su apéndice viril hacia los lados teniéndolo delicadamente con los dientes, mientras balanceaba al tope las piernas y los brazos e increíblemente - preste usted atención – increíblemente al mismo tiempo, ¡movía las orejas. !

Esto ya era el clímax, el punto más alto del espectáculo.

Mire amigo lector, eso era la locura, realmente.
Posted by Picasa Macabro encuentro


Manejaba tranquilamente por la carretera a mediana velocidad como era su costumbre, lo que le permitía prestar atención en forma automática a los detalles, tanto del camino como de sus lados.

Esto fue lo que le permitió ver esa mano, una mano pequeña a un costado de la carretera, semioculta por los pastos.

Frenando violentamente, dejo estacionado el auto con las señales de Stop encendidas y dudando de su propia visión, retrocedió mas de cincuenta metros. No se había equivocado, la mano pequeña estaba allí. ¿Que hacer con ella?.

Con un periódico viejo la levantó - con un poco de asco pues estaba claro que varios vehículos le habían pasado por arriba antes de sacarla del camino – y la guardo. Pensó, lamentándose: “Si hay una mano... seguro tiene que haber algo mas”, entonces continuó su camino despacio, dándole mayor atención a los detalles.

Tal como lo sospechaba, a poco de avanzar vio un bulto negruzco en el medio de la autopista, era un cuerpo pequeño al que le faltaba medio brazo. Nadie se detenía, a nadie le importaba, quizás por la velocidad ni siquiera lo veían. Él tuvo paciencia, esperó una breve oportunidad, cruzó corriendo y lo recogió. Coincidía perfectamente con el primer hallazgo, pero le faltaba la cabeza y no tenía piernas.

Lo que estaba faltando tenía necesariamente que estar cerca. Dejó el auto y comenzó a caminar lentamente mirando a los lados y repitiendo en su cabeza: “tiene que estar cerca”. Tal cual.

La encontró a pocos metros, cerca de un charco de agua, lejos del asfalto. Al acercarse quedó impresionado viendo esos ojos abiertos, incapaces de ver, la boca desencajada, el pelo casi arrancado por los golpes. No encontró las piernas. Las buscó y buscó pero nada, era una mision imopsible por la intensa circulacion de la carretera.

Con extraño respeto juntó todas las partes recuperadas en una bolsa de plástico. Seguro de que alguien tenia que estar buscando esos restos, siguió manejando nervioso con su hallazgo en el asiento del acompañante. Intentaba encontrar algún policía de tránsito para informar del hecho, pero no fue necesario pues unos kilómetros mas adelante vio varios camiones y camionetas estacionados al costado del camino.

En el medio de los transportes muchas personas escuchaban un extraño hombre vestido de frack negro con grandes y oscuros mostachos terminados en punta, que subido a un cajón y sumamente nervioso, con estentóreos movimientos de los brazos hablaba a la gente señalando reiteradamente a la carretera.

De lejos el ruido del tránsito no le permitía saber lo que decía pero estaba seguro que era la persona que buscaba, pues pintado al costado de la camioneta de ese extraño señor se leía en grandes caracteres:



Circo Nazionale d´Italia
Antonio Tortolani, Il Grande.
Ventríloquo